Nunca pensé que mis ojos se verían obligados a
apreciar por sus retinas una escena tan dantesca.
La habitación estaba llena de humo, cerrada, apenas entraba una pequeña franja de luz por la persiana rota y que hacía que se pudieran apreciar las partículas de polvo flotando. Al igual que me sentía yo en esa estancia, flotando.
Su cuerpo estaba tumbado en el suelo, inerte, frío,
muerto. Y lejos de sentir miedo, me sentía liberada, feliz.
No recuerdo ya si lo maté con pequeñas dosis de
Lorazepam triturados e incorporados al café a modo de azúcar o le clavé en la
carótida una jeringuilla con la cantidad de aire suficiente, para que el tiempo
hiciese el resto. Un paro cardíaco provocado que, en una autopsia, pasaría por
algo natural. Y más con el sobrepeso y la hipertensión que él tenía.
Me estaba asustando y no por verle muerto, sino porque
su muerte me daba placer. Verle así me excitaba, ver sus ojos en blanco, me
hacía sentir un ser superior al resto. Era el crimen perfecto.
Los minutos pasaban y acababa de recordar que
había quedado con mi amante. Un médico prestigioso al que el día anterior me
había follado en su consulta solo para robarle una jeringuilla que después me
iba a servir para finiquitar la vida de mi esposo y cobrar así el seguro de
vida que tenía puesto a mi nombre. Una cantidad nada desdeñable para poder
empezar mi vida lejos de la ciudad y así poder centrarme en mi nueva novela de
un género inédito en mí y que sin duda a mi editor le iba a gustar por su
verismo y por su trama directa y misteriosa.
Sonó el teléfono y era él, diciéndome que no
podía venir. Un accidente de tráfico le obligaba a entrar al quirófano y
ofrecer lo mejor de él para que la chica de quince años no muriese.
Después, me senté de nuevo para seguir
escribiendo y me di cuenta de que sin haber escrito jamás un género así. La
escena de la muerte del marido de la protagonista de mi novela, me había
quedado tan real que hasta tú, como lector, estás ahora sorprendido y con ganas
de saber más.
Stella Bayma 15/09/2026 20:11

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