viernes, 30 de octubre de 2026

El diario de Ena. La verdadera última cita con Leandro

 

Hay historias que creemos haber terminado y que, sin embargo, permanecen abiertas en algún rincón de nuestra memoria. No porque deseemos regresar a ellas, sino porque quedaron preguntas sin respuesta, palabras sin pronunciar y disculpas que jamás llegaron.

Durante mucho tiempo pensé que la mía con Leandro era una de esas historias.

Habían transcurrido diecinueve meses desde aquel 24 de marzo de 2025. Diecinueve meses desde la última vez que crucé la puerta de su consulta, desde que me enfrenté a él y le dije aquello que llevaba demasiado tiempo guardando. 

Había sido mi traumatólogo durante años. Desde 2021 o 2022, si mal no recuerdo. Años de consultas, tratamientos y confianza. Una confianza que terminó resquebrajándose cuando sus manos se posaron sobre mi cintura de una manera que me hizo sentir incómoda y que nunca conseguí olvidar.

Aquel día decidí hablar. Necesitaba que supiera cómo me había sentido.

Necesitaba enfrentarme a lo ocurrido y escuchar una explicación.

Su respuesta, sin embargo, no fue la que esperaba.

—Si te he cogido de la cintura, siento haberte hecho daño.

Aquellas palabras se quedaron grabadas en mi memoria.

Si te he cogido... Como si el gesto hubiese sido una posibilidad y no algo que yo había vivido. Como si el daño dependiera únicamente de mi interpretación.

No necesitaba grandes discursos. Tampoco pretendía que se arrodillase a pedirme perdón.

Pero después de tantos años siendo su paciente, creo que merecía algo más que aquella disculpa fría y condicionada.

Quizá una conversación sincera fuera de la consulta. Una llamada de teléfono. Incluso un café en el que pudiéramos hablar como dos personas adultas, lejos de una camilla, una bata blanca y una relación profesional que ya estaba llegando a su fin.

No sucedió. Leandro decidió que no volvería a atenderme como paciente.

Aun así, aceptó realizarme una última infiltración el 31 de marzo. Después me derivaría a otro especialista y nuestros caminos se separarían definitivamente.

Acepté aquella decisión, aunque me dolió.

Pero tres días después ocurrió algo que jamás terminó de encajarme.

El 27 de marzo recibí una llamada de una persona que decía ponerse en contacto conmigo desde el hospital.

Me comunicó que Leandro había cerrado su agenda y que mi cita quedaba cancelada.

También me ofreció la posibilidad de acudir a otro traumatólogo.

Rechacé el ofrecimiento. Buscaría otro profesional por mi cuenta.

Sin embargo, hubo algo en aquella conversación que me produjo una sensación profundamente desagradable.

No fue solamente la noticia. Fue el tono.

Aquella persona parecía estar enfadada conmigo. Y no hablo de una voz seria, distante o simplemente poco amable. Hablo de un enfado que se percibía al otro lado del teléfono, de una manera de dirigirse a mí que me hizo sentir como si hubiera cometido alguna falta.

¿Pero qué había hecho yo? ¿Pedir explicaciones a un médico por un gesto que me había incomodado? ¿Expresarle cómo me había sentido? ¿Era aquello motivo suficiente para recibir semejante trato?

Había trabajado durante años como teleoperadora y también como formadora de personal de centros de atención telefónica. Conocía perfectamente la importancia del tono de voz, la escucha activa y el respeto hacia la persona que estaba al otro lado de la línea.

Sabía que comunicar una cancelación podía resultar incómodo. Pero también sabía que un profesional debía mantener las formas, independientemente de las circunstancias.

Y aquella llamada, desde luego, no me había parecido profesional.

Me sorprendió especialmente aquella rabia que creí percibir. Un enfado que no entendía y que no tenía ninguna razón para soportar.

Días después volvieron a ponerse en contacto conmigo desde el hospital para preguntarme qué había ocurrido. Les expliqué lo sucedido.

Y continué con mi vida.

Busqué otro traumatólogo, seguí con mis tratamientos y procuré dejar atrás aquella experiencia.

Sin embargo, había algo que seguía sin encajar.

Leandro no había cerrado su agenda. Continuó trabajando en aquel hospital durante mucho tiempo. Yo sabía que seguía atendiendo pacientes y había comprobado personalmente que su agenda permanecía abierta en la aplicación.

Entonces, ¿por qué me habían dicho lo contrario?

Durante meses conviví con aquella duda. Hasta que un día descubrí que Leandro había sido trasladado a otro hospital de la misma compañía sanitaria.

Y se me ocurrió algo. No fue un impulso por volver a verle. Ni siquiera tenía curiosidad por saber cómo estaba. Mi vida había seguido adelante y mi atención médica estaba en manos de otros profesionales.

Pero existía una pequeña ecuación que todavía no había conseguido resolver.

Si Leandro había comunicado oficialmente que no podía volver a atenderme, aquella decisión debería mantenerse independientemente del hospital en el que trabajase.

Si existía una restricción registrada en mi expediente, lo razonable sería que se aplicase también en su nuevo destino.

Decidí comprobarlo. Entré en la aplicación del hospital y solicité una cita para el viernes 30 de octubre de 2026, a las once y cincuenta de la mañana.

Hospital La Milagrosa. La solicitud quedó registrada. Nadie me impidió concertarla.

Y entonces comenzó mi espera.

No tenía intención de acudir. Había tomado esa decisión incluso antes de solicitarla. Simplemente quería comprobar qué sucedería.

En marzo de 2025, Leandro sabía perfectamente que yo acudiría el día 31 porque él mismo me había indicado que lo hiciera.

Ahora era distinto. Desde aquel 24 de marzo no habíamos vuelto a vernos. No habíamos hablado ni manteníamos ninguna relación.

Él no sabía que yo había solicitado aquella cita. Por eso, si realmente existía una restricción oficial que le impedía volver a atenderme, esperaba que fuese el propio hospital quien detectase la situación y se pusiera en contacto conmigo.

Llegó el jueves 29 de octubre. Ninguna llamada. A media mañana recibí un recordatorio automático confirmando mi consulta del día siguiente. Allí aparecían todos los datos. El nombre del especialista. El hospital. La fecha. La hora. Y mi nombre. Eva María Maisanava Trobo.

Sonreí.

En mi novela había decidido esconderme detrás de Ena. A él lo había llamado Leandro. Había transformado nuestra experiencia en literatura, buscando cierta protección en los nombres inventados.

Pero aquella agenda no pertenecía a ninguna novela. Era real.

Y el nombre que figuraba en ella era el mío. El mismo nombre que él conocía desde hacía años, aunque en nuestra última consulta llegara a despedirme llamándome Ana María. Aquello también lo recordaba.

Esperé durante todo el jueves. Pasaron las horas. Llegó la tarde. Después, la noche. Nadie llamó.

El viernes 30 de octubre amaneció con absoluta normalidad.

Tenía rehabilitación y acudí a mi sesión como cualquier otro día.

Mientras tanto, en algún lugar de Madrid, mi cita con Leandro continuaba programada.

Sabía que, si realmente hubiera tenido intención de desplazarme hasta La Milagrosa, habría necesitado salir de casa con bastante antelación. Vivía en Pozuelo de Alarcón y el hospital se encontraba en la calle Modesto Lafuente. El tráfico de Madrid por las mañanas no invitaba precisamente a improvisar.

Por eso consideraba que cualquier cancelación debería haberse comunicado el día anterior o, como muy tarde, a primera hora de aquella mañana. Pero el teléfono permaneció en silencio.

A las once y treinta y cinco terminé mi rehabilitación. Consulté las llamadas recibidas. Ninguna. Miré el reloj. Faltaban quince minutos para mi consulta.

Y comprendí que estaba llegando al final de aquella pequeña comprobación que tanto tiempo llevaba rondándome la cabeza.

Las once y cincuenta. Las doce. Ni una llamada. Ni un mensaje de cancelación. Ni una comunicación ofreciéndome otro especialista. Nada.

La cita había llegado a su hora sin que nadie me hubiera impedido mantenerla.

Y entonces volví a pensar en aquella llamada del 27 de marzo. En aquella voz cargada de enfado. En aquel tono autoritario. En aquella manera tan poco profesional de comunicarme que Leandro había cerrado su agenda.

Ahora, diecinueve meses después, tenía delante una situación muy diferente. No sabía qué había ocurrido internamente entonces ni qué conversaciones pudieron mantenerse. Y, sinceramente, tampoco me interesaba averiguarlo.

Lo que sí sabía era que aquella mañana de octubre no se había aplicado ninguna restricción que impidiese que mi cita llegara hasta su hora. Mi sospecha sobre la explicación que recibí en marzo cobraba para mí todavía más fuerza.

Tal vez aquella llamada no había respondido al cierre de agenda que me comunicaron, sino únicamente a la necesidad de evitar mi última visita.

Y recordar el enfado de aquella persona hacía que todo me resultara aún más desconcertante.

Pero hubo algo inesperado. No sentí rabia. Tampoco tristeza. Sentí paz.

Una paz extraña, silenciosa, que llevaba mucho tiempo sin experimentar cuando pensaba en Leandro.

Quizá porque ya no esperaba ninguna explicación. Quizá porque había dejado de necesitar aquel perdón que durante tanto tiempo creí merecer. O quizá porque, después de meses preguntándome qué había sucedido realmente, sentía que había encontrado una pequeña respuesta, aunque no conociera todos los detalles.

Y entonces pensé en mi nombre. Me imaginé a Leandro revisando la agenda de aquella mañana. Una sucesión de pacientes, horarios y apellidos.

Hasta llegar al mío. Eva María Maisanava Trobo.

No sé si lo habría leído. No sé si habría reconocido inmediatamente quién era.

Quizá alguien de administración habría pronunciado mi nombre. Quizá él mismo habría salido a la sala de espera para llamarme.

Y entonces recordé algo que hasta aquel instante había pasado por alto.

Todo había comenzado también un viernes 30.

Un viernes 30 de agosto, cuando las manos de Leandro se posaron sobre mi cintura y aquel gesto terminó convirtiéndose en el principio de una historia que jamás habría imaginado escribir.

Y ahora, otro viernes 30, esta vez de octubre, yo había decidido no entrar en su consulta. 

Dos fechas separadas por el tiempo, unidas por el mismo número y por una historia que, de alguna manera, parecía cerrar su propio círculo.

No pude evitar sonreír ante aquella coincidencia.

Y confieso que me habría encantado disponer de una ventana invisible desde la que observar lo que sucedía al otro lado. Ver su rostro frente al monitor cuando apareciera mi nombre. Descubrir si sus ojos se detenían durante unos segundos en aquellos apellidos que tanto tiempo habían formado parte de su agenda. O contemplarlo saliendo a la puerta de la consulta para llamarme.

Incluso imaginé que tecleaba mi número, como había hecho en otras dos ocasiones, esperando que yo acudiera.

Pero no habría nadie. No aparecería aquella mujer a la que había tratado durante años. No cruzaría la puerta. Y, sobre todo, no volvería a sentarme frente a él.

Me habría gustado contemplar su expresión en ese preciso instante. Saber si sentiría sorpresa, desconcierto o simplemente indiferencia. Si volvería a mirar el monitor. Si se preguntaría por qué había solicitado una cita después de tanto tiempo para finalmente no presentarme.

Me habría encantado verlo, aunque solo hubiese sido durante un segundo, porque esta vez era él quien podía quedarse esperando a una paciente que no iba a entrar.

Pero aquella ventana no existía.

Y su reacción, cualquiera que fuese, permanecería para siempre fuera de mi alcance.

Quizá no sucedería nada de lo que había imaginado. Quizá mi ausencia sería solamente una más en una larga jornada de consultas. Nunca lo sabría. Pero tampoco necesitaba saberlo.

Durante mucho tiempo había deseado que Leandro reconociera su error.

Que comprendiera que, detrás de una paciente, había una persona que confiaba en él.

Que una bata blanca no convierte a nadie en dueño de los sentimientos ni del silencio de quienes acuden buscando ayuda.

Y que pedir explicaciones por algo que nos ha hecho daño no debería convertirnos en personas incómodas de las que resulta más sencillo desprenderse.

Yo nunca había pretendido hacerle daño. Solamente había querido que comprendiera el mío.

Pero hoy, 30 de octubre de 2026, descubrí que ya no necesitaba escuchar su respuesta.

No sabía si él se acordaría de mí. No sabía si alguna vez había lamentado lo sucedido. Y tampoco necesitaba saberlo.

Porque mientras en aquel hospital una cita permanecía sin atender, yo acababa de salir de rehabilitación y continuaba con mi vida.

Con mis dolores, mis tratamientos, mis libros y las personas que verdaderamente formaban parte de ella.

La vida no me había devuelto los años de confianza ni la disculpa que nunca llegó. Pero me había concedido algo que, hasta aquel instante, no había sabido valorar suficientemente.

La tranquilidad de mirar hacia atrás sin sentir la necesidad de regresar.

Aquel 24 de marzo de 2025 había salido de su consulta con el corazón encogido, sintiendo que se cerraba una puerta que jamás había imaginado perder de aquella manera. El 30 de octubre de 2026, por primera vez, fui yo quien decidió no cruzarla.

Y lo hice sin lágrimas. Sin reproches. Sin esperar absolutamente nada.

Porque hay perdones que nunca llegan y heridas que terminamos aprendiendo a cerrar sin ayuda de quienes las provocaron.

Guardé el teléfono en el bolso y continué mi camino.

Mi nombre había vuelto a su agenda. Pero esta vez, quien había elegido no regresar era yo.

Y, por primera vez en mucho tiempo, aquella decisión me hizo sentir en paz conmigo misma.

 

jueves, 29 de octubre de 2026

Cuando alguien sabe leer entre líneas

 

Buenas tardes a todos. Siempre he creído en Dios, pero hay días en los que, como hoy, mi creencia tiene más fundamento.

Estoy yendo a rehabilitación y, cuando regresé a casa, me encontré con Sandra, la chica que cuida a mi madre. Regresaban de Vithas en un Uber. Subí a casa, les subí el pan y estuvimos hablando. Y dentro de lo que cabe, dentro de la edad, va pasando ITV, que no es poco.

Ambas teníamos que comprar fruta y dejamos a mi madre recostada en la cama. Tranquila.

Sandra y yo nos fuimos a tomar café y luego a comprar. Después yo me subí a mi casa y ella a la de mi madre, a la suya ya.

Y al poco tiempo me manda un mensaje diciéndome que, al abrir la puerta, se había encontrado a mi madre en el suelo. No os podéis hacer una idea de lo mal que lo he pasado por un instante, hasta que al subir a su casa encontré que estaba bien. Que se había subido a un altillo pequeño para encender la calefacción y al girar se cayó.

No sabéis lo agotada que estoy, lo que consume ver cómo tu madre se convierte en tu hija, en tu enemiga, porque soy la única que dice las cosas como son. Y la verdad, no es algo que todo el mundo esté preparado para escuchar.

Al final todo quedó en un susto. Pero al llegar a casa, recibí una notificación de mi padrino Luis Anguita Juega, al que le envié mi libro Cartas de mí, para ti. De niña a mujer, como intercambio del suyo, Mi vida privada.


Este es el contenido de su mensaje, su reseña y esta foto tan preciosa.

Hola Eva escribes desde dentro, porque la historia forma parte de ti.

Leí tu libro, en un viaje de avión de Madrid a Belgrado, y esto es lo que me ha transmitido:

Es un libro auténtico, de los que gusta leer; es todo corazón.

¿Cuánto hay de verdad de la autora? ¿Desamor? ¿Pensamientos llenos de recuerdos? ¿Dolor?

Es una carta escrita y nunca enviada a alguien que quisiste, que quizás nunca sepa de ella y que, si cayese en sus manos, puede que no la comprenda o no quiera comprenderla. 

Son historias de amor y de deseo para tapar un vacío interior.

Es la vida de una mujer que no debe dejar que la opinión de los demás le haga daño en su camino.

 

Gracias, Luis Anguita Juega, gracias, padrino. Has sabido leer entre líneas y entender muy bien el porqué de este conjunto de misivas.

En cuanto pueda me pongo con la locución. Estoy hasta arriba de cosas.

 

Te quiere, Evita.

29/10/2026 16:35

miércoles, 28 de octubre de 2026

¿Cuántas víctimas más tienen que morir?

 

Buenas tardes a todos.

Hoy debería estar haciéndome una resonancia en Vithas de Aravaca y, sin embargo, no he podido. He pasado una mala noche por motivos personales y no he dormido nada. Menos mal que he conseguido que me la aplacen al sábado 31 a las 13:00. ¡Por fin podré robar la dichosa batita!

Pero eso es lo más sarcástico y humorístico que vais a poder leer hoy.

Hoy, mientras desayunaba con mi madre y Sandra (la chica que la cuida, mi amiga), he tenido que enterarme de que, de nuevo, ha habido un accidente de trenes. Un AVE en Toledo se choca con otro tren. 


—¿De verdad?

Es que me suda la puta verga ver que en este país, al que tantos inmigrantes vienen, y no entiendo el porqué. Bueno, ¡sí! Por las paguitas que el Estado da con las manos abiertas, sin mirar primero cómo están las infraestructuras de su país, la sanidad, la educación y un largo etcétera. Me ha llevado, pese a que tengo un dolor de cabeza impresionante, a sentarme, encender el ordenador, abrir una hoja de Word y escribir.

—¿Cuántas personas más han de morir para que esos que «juegan a mal gobernar» dejen su puto escaño?

Quizás esté más sensible de lo normal, tal vez. Llevo un retraso de 10 días y las hormonas me pueden estar afectando. Pero es que no entiendo nada, os lo juro. O tal vez sea porque, de no haber tenido este dolor, hoy hubiese cogido un AVE Alicante-Madrid y bien podría haber sido yo quien ahora estuviese muerta.

Yo, cuando trabajaba, de no hacerlo bien, me echaban la bronca en el mejor de los casos y, en el peor, me mandaban a la puta calle.

¿Por qué no hacemos lo propio con los políticos? No es normal que estemos yendo cada vez peor. La única ventaja es que conocemos cómo sería vivir en Venezuela o en Cuba sin tener la necesidad de pagar un billete de avión. Porque ya vivimos en una dictadura enmascarada.

Se jactan de que España es un país preparado. Con una sanidad puntera.

—¿En serio? Huelga recordar los inicios de la pandemia. Ni un puto EPI tenían los sanitarios. Se los fabricaban ellos mismos. Mascarillas, cero. Sin embargo, ellos sí las tenían. ¿Sigo?

No voy a decir dónde vivo, no es necesario. Pero el otro día me asomé por la ventana y tuve que ver cómo una mujer española, ¡sí!, española, abría un contenedor de basura mientras, de reojo, vigilaba a su bebé, que estaba en una silla mugrienta.

—¿De verdad es España un ejemplo a imitar?

Estoy tan convencida de que Caponata y don Pimpón lo harían mejor.

La única solución que se me ocurre, y es un pensamiento en voz alta compartido con vosotros, es votar en blanco. Es el escarmiento que se merecen.

Hasta estoy por crear yo un partido político llamado «Solo di no».

—¡No a las puertas giratorias! ¡No a la corrupción! ¡No a una sanidad precaria! ¡No a los recortes en educación! ¡No a dejar de destinar dinero al fomento y a las infraestructuras! Y un largo etcétera.

Me voy despidiendo ya. Siento que conozcáis esta versión de mí. Pero cuando el corazón manda, la razón otorga.

 

Con cariño, Stella Bayma

28/10/2026, 19:10

martes, 27 de octubre de 2026

Mientras me cuido, Amor en Tabarca crece.

 

Buenas tardes a todos.

Gracias por preocuparos por mí mandándome esos mensajes que tan feliz me han hecho y que tanto me han ayudado.

Estoy mucho mejor, dopada con Nolotil y de nuevo con Relif, que tan buenos recuerdos me trae.

En breve tengo una ecografía muscular de la ingle derecha y mañana una resonancia de cadera en Vithas. El 29 tengo cita con traumatología y, si nadie me lo impide, Dios quiera que del 23 al 25 de noviembre pueda estar en Alicante. El hostal al que he ido varias veces tuvo a bien cambiarme las fechas.

Así que me cuidaré hasta entonces. Cero natación, porque este dolor apareció después de una hora nadando, como cada domingo.

Creo que el otoño se acerca, pero hasta entonces disfrutaré de los momentos estivales que la vida me quiera conceder.

Antes de despedirme, deciros que mi siguiente trabajo, “Amor en Tabarca”, está teniendo más extensión de la que yo quería, y es que cuando me pongo a escribir no soy quién para decirles a los personajes que se callen. 


Si tienen que hablar, que hablen; si tienen que llorar, que lo hagan. Porque así conseguirán emocionaros.

Una pregunta para finalizar. El amor como tal, ¿es atribulado? ¿Pensáis que nuestro sino es acabar la vida junto a alguien? ¿O el amor está en nosotros…?

Ahí os lo dejo. Muy pronto tendréis noticias mías.

Con cariño, Stella Bayma

17:05 - 27/10/2026

sábado, 24 de octubre de 2026

Cambio de planes... Alicante tendrá que esperar.

 

¡Buenas tardes a todos!

Como os había contado hace unos días, tenía previsto viajar a Alicante del 26 al 28 de octubre. Sin embargo, a veces la vida nos obliga a cambiar los planes, aunque no nos apetezca. 

Lamentablemente, llevo un dolor bastante intenso en la ingle derecha que se extiende hacia la pierna y, en estas condiciones, he decidido cancelar el viaje.

Me hacía mucha ilusión pasar unos días allí, disfrutar del mar y desconectar un poquito, pero ahora mismo mi salud tiene que ser lo primero.

Quería avisaros con tiempo, especialmente por si alguno de vosotros tenía pensado coincidir conmigo durante esos días. Finalmente, no estaré en Alicante.

Espero poder realizar este viaje más adelante, cuando me encuentre mejor.

De momento, me quedo en Madrid, cuidándome y esperando que este dolor me dé pronto una tregua.

Gracias por estar siempre al otro lado.

Con cariño, Stella Bayma

24/10/2026 18:03

Mi libro, en manos de personas especiales

 

¡Buenos días a todos!

No os podéis imaginar la ilusión que me hace recibir fotografías y vídeos de mi reciente criatura, Cartas de mí, para ti. De niña a mujer.

Porque una cosa es escribir un libro, tenerlo entre las manos y verlo publicado, y otra muy distinta es descubrirlo en las manos de personas a las que quieres y aprecias.

Hace unos días recibí un precioso vídeo de Luis Anguita Juega, mi querido Padrino, a quien tengo el privilegio de poner voz a sus letras desde hace años. Un detalle que me emocionó especialmente por las bonitas palabras que dedicó a mi libro y a la dedicatoria que le escribí. 


Y hoy quiero compartir con vosotros otra fotografía que me ha hecho sonreír. Me la ha enviado mi querida Tata, María del Carmen García Sales, con su ejemplar de Cartas de mí, para ti. De niña a mujer. 


Y lo mejor de todo es que, si Dios quiere, este lunes tendré la suerte de verla en persona. Podré firmarle su ejemplar y, sobre todo, disfrutar de su compañía.

Porque si algo tengo claro es que, después de tantos años, cada encuentro con mi Tata sigue regalándome momentos inolvidables. De esos que no necesitan grandes planes, porque lo verdaderamente importante es estar juntas.

A veces pienso que escribir me está regalando mucho más que libros publicados. Me está permitiendo vivir momentos tan bonitos como estos.

Gracias, Luis. Gracias, Tata. Por vuestro cariño, por esos detalles y por hacerme sentir que mis letras también tienen un pequeño lugar en vuestras vidas.

 

Con cariño, Stella Bayma

24/10/2026 13:32

jueves, 22 de octubre de 2026

¡Otra vez en el número uno! Y una pequeña despedida…

 

¡Buenos días a todos!

Hoy quiero compartir con vosotros una de esas pequeñas alegrías que hacen que una sonría delante de la pantalla del móvil.

Mi libro Cartas de mí, para ti. De niña a mujer vuelve a ocupar el número uno en la categoría Cartas de la Tienda Kindle de Amazon. 


No os voy a engañar, me hace muchísima ilusión. Porque detrás de esas páginas hay sentimientos, recuerdos y muchas horas de escritura. Y saber que alguien decide dedicarme un ratito de su vida para leerlas es algo que siempre agradeceré.

A veces, un pequeño gesto significa mucho más de lo que imaginamos.

Y aprovechando esta alegría, quiero contaros que esta será mi última publicación en el blog hasta que regrese de mi pequeño viaje a Alicante, donde estaré del 26 al 28 de octubre.

Necesito unos días para desconectar, pasear, disfrutar del mar y, quién sabe, quizá regresar con alguna historia nueva que contaros. Ya sabéis que mi cabeza no deja de imaginar, ni siquiera cuando estoy de vacaciones.

Eso sí, que no publique no significa que desaparezca. Si alguno de mis seguidores quiere ponerse en contacto conmigo, que no dude en hacerlo por teléfono. Estaré encantada de saber de vosotros.

Gracias por seguir ahí, por acompañarme en esta aventura literaria y por hacer que momentos como el de hoy tengan todavía más significado.

Nos leemos a mi regreso de Alicante.

 

Con cariño, Stella Bayma

22/10/2026 13:10

lunes, 19 de octubre de 2026

Mucho más que una reseña

 

Buenas tardes a todos.

En una semana estaré en Alicante. Necesito ordenar mis sentimientos, mi vida y documentarme para mi siguiente novela.

Hay veces que, como ahora, me llegan correos a modo de reseña. Y, al igual que a vosotros os arañó por dentro El diario de Ena, a mí, en esta ocasión, me llegaron al alma las palabras de este lector.

No puedo hacerlo público porque no me han autorizado y, como tal, he de respetar esa decisión. Pero sí puedo escribir una frase que me impactó de su correo.

—Gracias por lo escrito en este libro. Has narrado, he leído, he sentido más bien—

Me quedé completamente helada y con lágrimas en los ojos. Siempre he dicho y diré que la literatura, en ocasiones, es más efectiva que un fármaco.

Que un libro es y será el mejor y más noble abrazo que jamás nadie te podrá dar.

Gracias a esa descarga de El diario de Ena, esta mañana se encontraba en esta posición: 14.º en eBooks de ficción médica / 24.º en ficción médica (libros) y 67.º en eBooks de romance médico.

Y no es la posición lo que me hace feliz, ni tampoco los 1,98 € que me llevo por descarga, sino saber que mi literatura ha llegado.

No puedo ni debo decir tu nombre, lector, pero si por un casual accedes al blog y lees esta entrada, gracias por esas palabras tan alentadoras que corroboran y dan sentido a esta «mi maldita locura» de seguir escribiendo.

Estaré de regreso en Madrid el 28. Nos vemos a mi vuelta.

Gracias a todos por ser y estar.

Stella Bayma 19/10/2026 a las 20:00

martes, 13 de octubre de 2026

Amor en Tabarca. Un nuevo proyecto literario ❤️

 


Hoy quiero compartir con vosotros un nuevo proyecto literario en el que estoy empezando a trabajar: «Amor en Tabarca».

Una historia de amor ambientada en esta pequeña isla alicantina, con Stella y Manuel como protagonistas.

Todavía está en sus comienzos, pero ya tengo algunas ideas que poco a poco iré convirtiendo en palabras. Me apetece escribir algo diferente, una historia breve, sencilla y cercana, donde los sentimientos tengan un papel importante.

He decidido publicarla únicamente en formato electrónico (eBook), a través de Amazon Kindle. Me gusta pensar que así podréis llevarme con vosotros a cualquier parte y sentirme, de algún modo, un poquito más cerca.

De momento, os adelanto la portada, que me hace especial ilusión compartir con vosotros. 


Aún queda mucho por escribir y no tengo una fecha de publicación, pero quería haceros partícipes de este nuevo proyecto.

Espero que os guste y que, cuando llegue el momento, disfrutéis de esta historia tanto como yo voy a disfrutar escribiéndola.

 

Con cariño, Stella Bayma ❤️

martes, 6 de octubre de 2026

Alacant, 26 al 28 de octubre.


Buenos días a todos. Ya sabéis que normalmente escribo por las tardes y que por la mañana lo dedico a mi trabajo. ¡Sí! El de ama de casa. Pero en esta ocasión tengo que ir a Madrid a realizar unas gestiones y después ya me tomo el día para mí. Como fuera en P. Pío, tiendecitas y de regreso a las 18:00 tengo cita para que me realicen la manicura.

Se avecinan esos días en los que el tiempo va cambiando y te apetece estar en casa con mantita y disfrutando de leer un buen libro. Sé que a muchos de vosotros os gusta leer en digital, que en formato papel.

Así que os dejo todos los libros que tenéis míos a disposición en Amazon. No olvidéis que si tenéis cuenta en Kindle Unlimited, los podéis leer gratuitamente. 


Sé que me extrañáis, pero estoy muy liada. Y más ultimando cosas antes de irme a Alicante del 26 al 28 de octubre. Si hay algún seguidor que por esas fechas se encuentre allí o por un casual se traslade, que no dude en ponerse en contacto conmigo. Me encantará poder departir sobre literatura o del tema que tenga que surgir.

Disfrutad de esos días que invitan a estar en la butaca de casa, con mantita, un buen café y una historia que te atrape y te haga sentir vivo; como sin duda lo consiguen las mías.

Si puedo me conectaré antes de irme y si no nos vemos a mi regreso. Nunca se sabe si de nuevo en el reverso del billete tenga la necesidad de escribir algo. Ojalá pudiera llevarme en la maleta a esa mirada que es un océano de inspiración para mí.

Con cariño, Stella Bayma
11:20 06/10/2026


viernes, 2 de octubre de 2026

Un libro, una voz y muchos años

 

 

No hay mejor manera de empezar un viernes que recibir la llamada de la cartera para decirte que tiene un paquete para ti y encontrarte con el libro de un compañero.

«Mi vida privada», de Luis Anguita Juega, del que, por supuesto, daré buena cuenta con su lectura. 


Pero este libro tiene además algo especial para mí. Llevo ya años teniendo el privilegio de ser la voz de Luis Anguita Juega, poniendo voz a sus textos y a algunas de sus historias. Y esta vez volveré a hacerlo con algunas escenas de «Mi vida privada», intentando darles con la locución ese verismo que necesitan.

Me encantan estos «detalles», y más cuando vienen de alguien que lleva tanto tiempo confiando en mi voz para dar vida a sus palabras.

Ahora solo espero que mis locuciones estén a la altura del detalle recibido. 😊

Gracias, Luis, por el libro y, una vez más, por la confianza.

Ahora toca leer… y después, volver a poner voz a tus palabras. 📖🎙️❤️

 

Stella Bayma, 12:26

viernes, 25 de septiembre de 2026

Volver a los libros… y encontrarme con los míos

 

Después de muchísimo tiempo, he vuelto a leer.

Y no sé si ha sido casualidad o si, a veces, los libros saben perfectamente cuándo tienen que regresar a nuestra vida. He retomado la lectura con Reconciliación, las memorias de Su Majestad el Rey don Juan Carlos I. Un libro que tenía ganas de leer y que, de alguna manera, ha conseguido algo que llevaba demasiado tiempo posponiendo: hacer que vuelva a sentarme con un libro entre las manos simplemente por el placer de leer. 


Pero mi visita a la biblioteca me guardaba otra pequeña sorpresa.

Después de pasear tranquilamente por sus pasillos, detenerme ante las estanterías y volver a disfrutar de ese silencio tan particular que tienen las bibliotecas, llegué al espacio dedicado a los autores locales de Pozuelo de Alarcón.

Y allí estaban. Mis dos hijitas.

Asomada a la ventana todavía te espero y Escorts, una semana en París, colocadas entre otros libros, esperando a que algún lector las descubra, las abra y decida llevarse durante unos días una parte de mí a casa. 


No puedo negar que me hizo ilusión verlas allí. Una cosa es escribir un libro, corregirlo, publicarlo y tenerlo entre las manos; y otra muy distinta encontrártelo un día en una biblioteca, colocado en una estantería como uno más, formando parte de ese inmenso universo de historias que esperan pacientemente a sus lectores.

Porque para mí mis libros siempre han tenido algo de hijos. Nacen de una idea, pero también de muchas horas, de emociones, de dudas, de recuerdos y de pedacitos de una misma que inevitablemente se quedan entre sus páginas. Por eso, al verlos allí, sentí ese pequeño orgullo que seguramente solo entendemos quienes hemos visto alguna vez nuestro nombre impreso en la cubierta de un libro.

Ambos están disponibles para los lectores de las bibliotecas de Pozuelo de Alarcón, pero también continúan a la venta en Amazon.

Eso sí, uno de ellos ha cambiado con el tiempo. Escorts, una semana en París, que es el título con el que todavía aparece en la biblioteca, se publica actualmente con un nuevo título: El diario de una escort. Sexo, lujo y amor.

La historia sigue siendo parte de mi camino como escritora; simplemente ha cambiado el nombre con el que hoy sale al encuentro de nuevos lectores.

Así que mi regreso a la lectura terminó convirtiéndose, sin buscarlo, en algo más.

Entré en la biblioteca como lectora y, paseando entre sus estanterías, acabé encontrándome también con la escritora que soy.

Y quizá eso sea lo más hermoso de los libros: unas veces vamos nosotros a buscarlos y otras son ellos los que, silenciosamente, nos encuentran a nosotros.

 

Stella Bayma 25/09/2026 12:40

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